Los pensamientos
giran a mi alrededor como una avalancha apresurada que se lleva todo a su paso,
sobre todo la quietud y el silencio. Pasan fugaces, rápidos , enérgicos y
astillantes los recuerdos de lo que vi, sentí y disfruté por varios meses. Los
sonidos no paran de ondear, son como la compañía del viento, que se los lleva y
se los trae; a veces suenan suaves, otras veces fuertes, latentes como mi
reloj, el que me mantiene viva, con pulso. Llevan el ritmo de mi vida los
recuerdos, marcan mi paso, me mantienen despierta y enfocada en lo que está por
venir.
Una marea inquieta,
no salvaje, como la que se ve justo antes de la tormenta y cuando está a punto
de pasar. Ondeante, pronunciada, suave, incansablemente constante… despierta. A
veces mareada por su movimiento, por la cantidad de "agua" a mi alrededor,
recorro con mis ojos el firmamento hasta donde se vuelve finito, donde se
separa del mar, hasta la noche. Es allí donde el cosmos brota de mí, donde no
hay división donde todo es oscuro, donde no hay fin, donde la vida existe a
escondidas de la mirada perversa, encasilladora.
Me siento cruzando
esa mar de pensamientos locos, adversos a veces, que quisieran voltear mi
barca. Empujada por el viento, la intranquilidad del viaje a veces me hace
levantar asustada, buscando a qué aferrarme. Sin remos, sin mástil, sin vela,
sin motor. Pasmada me siento a veces, me sostengo del borde del bote, el límite
entre lo de adentro y lo de afuera. Hasta que se aquieta una vez más. A veces
salpicada o empapada de ideas locas, intento secarme, volver a un bienestar,
combinar con el azul claro del cielo y el azul profundo del mar, con aquella
calma cuando todo va bien, pero siempre hay una ola que salpica y otra que
mueve la barca.
Es una diversión
tratar de lograr esa quietud… intentar quedarse en casa un fin de semana,
descansar de las locuras y afanes de la semana y sus días hábiles, es toda una
faena. Es divertido ver cómo nos volvemos asiduas lobas de mar, batallamos con
las olas, no nos importa empaparnos de pensamientos, dejarnos llevar por el
viento y ya no trasbocar por el vaivén… tanto que cuando hay quietud, buscamos
esa ferocidad, movimiento sin fin. Nos perdemos de lo rico que es aquietarse,
despejar la mente, ver al cielo, observar las estrellas a plena luz del día, y
ver la luz de nuestro interior reflejada en el mar nocturno. Esto requiere
maestría, requiere despejarse, abrirse, desatarse.
Es fuerte vivir en
un vaivén, en un tormentoso movimiento constante, sin descanso. Es fuerte saber
que a esa marea no siempre lograrás aquietar con solo querer. Es fuerte la
mente que no se deja aquietar, que siempre ondea, que está viva, afanada. Pero
sería más fuerte si yo, la mujer sentada sobre la barca, navegando en el mar de
pensamientos, lograra surcar hasta (o más allá) lo inhóspito, perdido,
desconocido de mi mente y poder llamar la quietud con una palabra y mover la
fiesta con otra. ¿Será posible lograr esto?
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